Canino: La familia está primero (hiperspoiler).

Minidistopía ostensiblemente grotesca, con esa lógica surreal y el humor negro de Lanthimos, el griego creó una obra, sin riesgo de hipérbole, de las mejores del siglo XXI.



                                                                              



¿Qué conocemos por mundo según nuestras relaciones con otras personas? ¿Cómo las creencias nos hacen vivir? ¿Nos damos cuenta de los sesgos en la cotidianidad? Esta película reversiona el mito de la caverna platónica - dándole matices retorcidísimos - para criticar mordazmente a la familia; parodiando su afán de protección extremista contra las influencias ajenas. Pero al interpretar se puede extender la perspectiva: fábula cruel sobre las sociedades de control y el papel del lenguaje, la ideología, la enseñanza y el poder para fabricar personas en la utopía autoritaria.  

No te juntes con extraños... 
Minimalista y brutal, el relato nos sumerge a ritmo lento en la simulación que vive la familia-secta. Y es que un matrimonio somete continuamente a un lavado de cerebro a su hijo y a sus hijas, apartándoles del mundo exterior y evitando las relaciones con personas extrañas, pues temen las injerencias foráneas que corrompan la armonía familiar. Esto ha derivado en que cada joven permanezca en la infantilización máxima pese a su edad mayor, y por ende, en unas formas de entender su mundo y experimentarlo asaz peculiares.
  
Los mecanismos subyacentes al régimen autoritario son típicamente oscurantistas: en la imposición de un lenguaje y una lógica muy inusuales como norma. Ya en el inicio descubrimos como el chico y las chicas memorizan palabras con un significado infrecuente: el mar es un sofá, excursión un material para hacer suelos, autopista viento muy fuerte. En el diálogo con Cristina, La Mayor dice que cenarán hamburguesas, pero luego vemos que el bocadillo es más refinado. Esta neolengua que les inculcan las figuras de autoridad -en pleno uso de la violencia simbólica- produce un sistema de conceptos limitado, que decapita la imaginación y el pensamiento crítico, impidiendo madurar. Aquí el padre y la madre son gente grande y todopoderosas, con conocimiento absoluto: sus dictámenes son verdad, ley y lo real cual sea su capricho.    
Si bien no enredan la totalidad de la gramática -sería un esfuerzo cansino- y tampoco inventan todo (el hijo toca instrumentos y dibuja, mientras que La Menor se maneja en la enfermería), el padre y la madre deforman palabras específicas, aquellas que rompan con la cotidianidad del hogar y los elementos presentes en los límites de la casa (que es todo el mundo conocido por el hijo y las hijas) y que potencialmente puedan desembocar en dudas sobre lo real y los relatos legitimados como verdades. Por eso la madre le dice al hijo que la palabra zombi significa flor (ya que es una idea tan compleja y ajena que debe adaptarla para que el niño sacie y pode su curiosidad al instante y así no crezca). Y cuando le preguntan por la palabra coño, aunque esa sea una parte del cuerpo, podría despertar las ganas de saber porque tienen una cinta sobre eso; mejor que sea una rutinaria lámpara. Aquí toda palabra debe ser lo más estéril, tangible y tautológica: que no engendre ideas nuevas ni abstracciones, ya que eso es peligroso. Y sin otro espacio para explorar además de la mansión, y sin parámetros distintos para medir la realidad que le entregue gente externa... no hay cuestionamiento que haga posible una ruptura más allá de lo dado. 

No deja de ser llamativo el hecho que nadie en la casa tenga nombre propio: solo genéricas denominaciones (el padre, la madre, La Mayor y así). Una estrategia de aplastamiento de la individualidad, debido a que de esta manera solo se identifican como parte y en función de la familia, en la dependencia al seno paterno/materno y de sus integrantes. La unidad familiar es la motivación de las malsanas maquinaciones del matrimonio, que se defiende a ultranza. Luego de golpear a Cristina, el padre le dice que "ojalá tus hijos tengan malas influencias y desarrollen un mal carácter" (lo peor que le desea es su miedo principal). En las cenas, con toda la parafernalia solemne, suelen ver cintas caseras que graban (aunque el padre expresa que hace tiempo no las ven, La Menor recita en silencio los diálogos archisabidos por tanto repetirlas) y también aprovecha para traducirles el mensaje de amor del abuelo - en realidad, un tema de Frank Sinatra- que sirve como burda propaganda. La reacción de complacencia en los rostros de las hijas y el hijo demuestra la efectividad de sentirse parte del grupo. E incluso cuando el chico lanza piedras a su hermano condenado al limbo por huir al exterior (escapa en un momento indeterminable, pero se las ingenian para hacerles creer que está detrás de las vallas siempre), el hijo es castigado porque esa actitud de atacar a una persona perteneciente al clan es un acto intolerable que daña a la familia (por más que este en la desgracia, el hermano fantasmal sigue siendo parte). Y por ello la meritocracia que fomenta el matrimonio. Al decir La Mayor que si caía un avión ella lo recogería, recibe una bofetada de la madre porque se pone por sobre su hermana y su hermano. Son iguales, así que solo quien lo merezca. Cuando La Menor golpea con el martillo al chico, por acusar a La Mayor, les dice que fue un gato y ella lo vio; y que su hermano tiene alucinaciones que lo hacen culparla . Pese a lo absurdo de la historia, optan por creerle víctimas de su propia mentira para evitar rencores y no diezmar la confianza en los relatos (¿acaso el gato no es tan nefasto? ¿por qué no lo creen si ella lo vio?) La familia está por sobre todo.    

La educación es una herramienta de control muy útil para reproducir jerarquías y naturalizar comportamientos y creencias. Y el matrimonio elije un método que parece un demencial experimento conductista. Desde su nacimiento, el hijo y las hijas han vivido en un entorno aislado y sin contacto de personas ajenas. Su rutina en un sistema de competencias por pegatinas - con el premio de decidir una actividad a hacer en familia - ayuda a demostrar sus destrezas y distraerse, pero también para que estén aceptando órdenes sin pensarlas (por eso el gasto de energía en ejercicios corporales). Cebar con información mutilada y luego su tiempo libre solo lo ocupan inútilmente en matarlo. La adultez aniñada se refuerza en esa cotidianidad segura, eterna, sin sobresaltos graves, o como diría Bécquer (2001) "hoy como ayer, mañana como hoy, ¡y siempre igual!"(p.22) Están como mascotas que deben agradar al padre y a la madre: su vida no es vivida para desarrollar potencialidades. Más que enseñanza, reciben manipulación absoluta del autoritarismo estable, en una dinámica repetitiva en la que apenas sospechan de su servidumbre en la conformidad.       

Pero un régimen de esta índole también es frágil, puesto que las variables se desvían en complejas formas de la voluntad del matrimonio. Estos elementos indudablemente son una amenaza que puede provocar un desconcierto en el sistema y cuestionan sus ideas de lo real y verdadero. Por ejemplo, los aviones que pasan cerca de la mansión. A través de un ajuste con explicaciones, el padre y la madre adaptan los problemas integrándolos  y reinterpretándoles en el marco de su microcosmos, con montajes que demuestran lo que cuentan. Y si bien les señalan la palabra correcta para los aviones, les comentan el disparate que son juguetes que en ocasiones caen al jardín (no se percatan que la madre los lanza desde el balcón) . La huida del hermano, golpe duro que abrió fisuras (¿no qué no se podía salir?), y que podría expandir la rebeldía entre sus hermanas y hermano, lo solucionaron diciendo que el hermano fugado quedó atrapado en un trance aleccionador detrás de las vallas de la casa, como en una suerte de círculo dantesco por romper las leyes (y les creen porque el padre lo habrá visto al salir). Y la gente crece, el cuerpo cambia, y se hace grande. ¿Cómo convencerles de no salir si corporalmente parecen con capacidad? Pues inventando que cuando se cae cualquier canino el cuerpo está apto (y cuando sale el nuevo, pueden conducir el auto que les proteja del mundo exterior. Una esperanza vana). Luego de dormir con el padre porque sintió algo extraño en la noche, el hermano se encuentra con ello: un gato. El animal supone un gran pánico (se encierran en la casa, y el chico, con más temor que valentía lo mata con sus tijeras), y por tanto, se necesita explicarlo. Pero las crisis son oportunidades, y redirigen el acontecimiento, sacándole mucho provecho, al decir que el gato es una bestia terrible que come gente y que el hermano de presencia imaginaria murió asesinado por su ataque (el padre realiza otro montaje con pintura roja y haciéndose jirones  la ropa). Para redondear la idea, valga la ultraredundancia, todos los aspectos que son fallos del sistema, deben ser velozmente consumidos y vueltos afines con explicaciones plausibles con la realidad de la secta, y con características que refuercen la administración del poder.



El tema del sexo se hace relevante. El padre y la madre, cuando no están en sus roles y sosteniendo la farsa, intentan superar su frustración sexual (usando audífonos para no escucharse al copular o viendo porno para excitarse, como sustituto de lo que no logran). Si bien a Cristina le pagan por satisfacer las necesidades carnales del hijo, él al igual que sus hermanas permanece en la niñez inducida, y en consecuencia, sin erotizar los cuerpos. Por esto, en los encuentros sexuales con Cristina, el chico lo toma como una tarea cualquiera que le asignaron, realizándola con más sentido del deber que placer (incluso está ejercitándose previo al acto, a modo de precalentamiento antes de la actividad física). Aunque las niñas-adultas oscilan la relación fraternal - el tabú del incesto no existe- lésbica, tampoco le dan una connotación sexual de deseo. Al lamerse lo hacen como forma de juego y muestra de cariño (La Mayor le pide a La Menor que le lama el hombro y el estómago. Dos zonas donde ha sufrido dolor). Incluso cuando La Mayor le da sexo oral a Cristina - quien termina insatisfecha con el sexo robótico y desapasionado del chico - a cambio de objetos, para la hija no es algo que la excite o desee: más le gusta la idea de obtener "juguetes" y la pequeña transgresión a las reglas de la casa. Aquí nadie disfruta con el sexo.    

Otro aspecto presente es la constante comparación con los perros. Ya el título de la película ofrece una doble lectura: no solo alude al requisito imposible para salir y alcanzar la adultez, sino también a la condición canina del hijo y las hijas -y mucho la madre- por el trato domesticatorio. La madre, a pesar de sus facultades amplias, responde a órdenes y vigila a perpetuidad, como una cancerbera, pues el único nexo con el exterior es el padre. Lo que le dice el adiestrador al padre, que los perros son arcilla que debe moldearse, para que no duden y obedezcan al amo, representa precisamente lo que opina el patriarca respecto a la educación familiar. Las hermanas se lamen de manera perrunesca -véase además la pose en que La Mayor práctica sexo oral a Cristina - e incluso la madre lame el rostro del padre en señal de afecto. Al comunicar el embarazo, se anuncia que la madre parirá "dos niños y un perro", estableciendo equivalencias. Y en una de las escenas más patéticas, ante el riesgo mortal del gato (antagonista del perro), el padre les enseña a defenderse: colocándoles a cuatro patas a ladrar. Estos paralelismos no son baladís, ya que resultan en pequeños guiños transmisores de la alienación semianimal, deshumanizante, que se vive en la casa.
                                                         


!No saldrás hasta que termines!
Cristina es la única persona afuerina que interactúa con este clan. Aunque el padre toma las precauciones correspondientes (le venda durante el trayecto a la mansión y le suele preguntar por su higuiene, ya que podría alterar la limpieza esmerada), ella representa una amenaza latente al venir del exterior. En la sociedad cerrada, cualquier contacto con influencias ajenas puede trastocar el equilibrio interno. Pero no hay que engañarse: Cristina solo vela por sus intereses mercenarios, privados. También obedece al padre tanto como la familia. En el mismo grado canino, solo que por dinero y de vez en cuando. No queda claro el conocimiento de la situación que posee Cristina respecto al hijo y las hijas (el padre quizás le dijo algún embuste o la verdad incompleta), sin embargo, permanece en la apatía inmutable. Aún así, desencadenará en pocas dosis la rebeldía de La Mayor. 
En una conversación trivial, por mero accidente Cristina le entrega dos palabras con sus respectivos significados correctos a La Mayor: brillo y fosforescente. Estos dos conceptos nuevos no pasaron por el filtro distorsionador de la madre por primera vez. Al contarle este hallazgo a su hermana, inflinge sin saberlo la ley, pues oculta esta información al padre y a la madre. Al sacar comida a escondidas para lanzarla a su hermano tras la valla, es otra insurrección, pero ahora por amor fraterno. Es muy elocuente como accedemos a las condolencias mentales del chico y las hermanas tras la muerte de su hermano en sus voces en off, pues el corte cuasi documentalista del relato se suspende. Mientras La Menor lamenta no haber podido ayudarle con sus conocimientos en medicina, y el chico con triunfalismo de vencer en la rivalidad, recalcando los "errores", La Mayor expresa que tenía esperanza en su supervivencia con los víveres que le enviaba y que se sentía muy triste (solo ella tiene un pesar grande). 
Cristina provoca un nuevo desbalance al proponerle unos intercambios a La Mayor: una diadema por sexo oral. La Mayor acepta por la curiosidad que tenia por ese objeto que brillaba sin corriente eléctrica, y Cristina lo propone a modo de compensación sexual porque el chico no le da ese gusto. Al mostrarle la diadema a La Menor, cae en cuenta de la transgresión y de estar al margen del beneplácito de la madre y del padre. Gracias a ello, en el segundo encuentro con Cristina, no convencida con la oferta, la termina extorsionado con contarle sobre sus encuentros al padre si no le pasaba las dos cintas del bolso. 


Al ver las películas, el choque de realidad es catastrófico y le dejó la cabeza hecha un galimatías. Pues vio aviones, mar, gente en las calles, tenedores, teléfonos, con significados dispares a su conocimiento. Sin comprender del todo y confundida, comienza a imitar (la forma de retroalimentarse de lo que vio) gestos y a recitar diálogos. Su comportamiento anómalo jugando a ser tiburón asusta a su hermano, y el padre la descubre y castiga golpeándola con las cintas. Y le da una paliza a Cristina, erradicándola del hogar. 
No obstante, la crisis de credibilidad de La Mayor se ha catalizado. Le dice a La Menor que quiere un nombre y práctica respondiendo a Bruce, individualizándose fuera de la jerarquía familiar. Lo de que el hermano la elija para reemplazar a Cristina en las labores sexuales, el descubrimiento infausto del sexo hará que le amenace con un diálogo de Rocky IV para que no vuelva a hacerle eso. Sin embargo, más importante será su invasión al dormitorio matrimonial -algo así como el centro de operaciones- y encontrar un teléfono (objeto que seguramente vio en Rocky IV y en Tiburón). Y al probarlo y escuchar la voz distante, casi como magia, se asusta y cuelga por la impresión de que la película mostraba algo auténtico . ¿Será que en la casa hay cosas que solo la gente grande puede saber?  


En la ceremonia de aniversario del matrimonio, mientras bailan las hermanas una coreografía extrañamente inquietante, La Mayor explota con pasos frenéticos muy similares a Flashdance, en forma de rebelión corporal (lo que es incapaz de expresar con frases o ideas por como fue educada, lo hace el cuerpo en un desahogo). Es una declaración contra el yugo paterno/materno. Después, se arranca el canino a golpes de mancuerna y en alegre desesperación se mete en la cajuela del auto. Esto demuestra que no ha roto las tablas de la ley que le dictaron, pues por más que tenga intuiciones o certezas... ¿Como desechar así de fácil lo que le han enseñado toda la vida? ¿Y si termina como su hermano muerto, por evadirse? En consecuencia, sigue las reglas para rebelarse. 


La búsqueda del padre por los alrededores de la mansión termina siendo infructuosa (con el precedente del hijo fugitivo, ni pensó que las historias que le contó a La Mayor serían tan efectivas).  Promete a la esposa acelerar la venida del perro, ante este nuevo fracaso. Y el final que fascina -  o irrita- nos deja con la cámara fija en la cajuela con La Mayor adentro, mientras el padre entra en un local. Abrupto corte en el clímax que es hasta un chiste de mal gusto, pues dejamos a La Mayor eternamente encerrada -¿Como ese hijo abstracto que el matrimonio mantuvo en dizque exilio, al no saber dónde estaba?- al no ver el desenlace de su libertad o destino. Se pueden inventar conjeturas, especular infinidades, pero nunca la vemos en concreción de hechos. Termina la película y la dejamos ahí como ente imaginaria. 


La estética predominante -planos fijos, rostros y voces casi antiexpresivas, la presencia opresiva del silencio, la iluminación alta y el uso higuienizante del blanco- de estirpe hanekeana, en sincronía con un guión lleno de sutilezas, donde lo omitido o apenas insinuado -el retrato del padre que dibuja el hijo, diálogos elípticos, que no se muestren momentos claves, la sensación de eterno presente- importa tanto que invita al espectador o espectadora a ir deduciendo, imaginado y completando la trama, logrando hacer de la precariedad de recursos y de lo excesivo de la historia virtud. Así y todo... ¿Qué reflexiones provoca Lanthimos con esta pesadilla sociológica tan descolocante? ¿Qué lecciones podemos sacar?      


"Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten" (Borges, 1949, p.66). Un elemento trascendental dentro de esta cinta es el lenguaje, pieza clave para la constitución de esta particular realidad familiar, sustenta y posibilita todas las dinámicas y prácticas descritas debido su eminente carácter social y psicológico, y a la vez es producto de las mismas interacciones que se dan (Ibáñez, 2004). Asimismo, la neolengua de este especial grupo les distingue de otros, les separa de aquello que rehuyen (el Padre lo idea así), les otorga un halo identitario ante nuestra mirada.

Lo que esta peculiar familia conoce por realidad es aquello que viven a diario, y que ha sido pensado por los padres como apto para sus hijos. Desde el lenguaje la educación -o adiestramiento- impartida refuerza aquello concebido para ser experimentado e internalizado como real. Aun cuando dentro de sus existencias no hay referencia a un cuestionamiento en torno a esto, al observar el filme es inevitable reflexionar acerca de cómo las concepciones, creencias y costumbres, el modo de comprender la realidad se configura al relacionarnos con otros (Ibáñez, 2004). Por ello mismo, el cambio en las formas de interpretarla es solo posible gracias a la interacción, que en este caso se podría catalogar de "endogámica" arranca de cuajo cualquier potencial transformación. Lo real se aparece -autoritariamente- como unívoco y determinado. Mas el encuentro de La Mayor con películas prohibidas la enfrenta a códigos extraños y situaciones que distan un abismo de lo que vive a diario, confrontación que habilita una posible variación en su perspectiva de la realidad.

Así, en la realidad constituida por la ideología del padre y las prácticas creadas a partir de ella, se aprecia cómo los productos de estas mudan a las mismas (Ibáñez, 2004). A pesar de la rigidez y el extremado control de todo cuanto sucede en el hogar, no puede eludirse la posibilidad que toda práctica social trae consigo. Los embustes para solventar una explicación ante la ausencia del hermano en el marco de su realidad, producen reacciones inesperadas -y no deseadas- que van modificando la mentira; un tránsito que desemboca en algo que no habían estipulado, pero que como efecto de los acontecimientos mismos -el asesinato del gato- culmina en el dogma de la muerte del hermano. Otro ejemplo es la visita de Cristina.

¿No es acaso, la dinámica familiar, los mecanismos que se despliegan para sustentar sus vidas; el poder absoluto que detenta el padre, la actitud sumisa de la madre, la infantilización de el hijo y las hijas, en suma, todas las prácticas observadas un pensamiento? Considerando lo propuesto por Fernández (2019), esta realidad "canina" posee un nexo en todo aquello que la constituye y que la permite comprender, y que ante todo atrae nuestra atención con miras analíticas en el ámbito psicosocial. Y es aquí donde lo social y lo psicológico fulgura en su relación indisoluble, donde se patenta la imposibilidad de una disección ¿quién determina a quién? Nadie porque se constituyen mutuamente para la psicología social (Ibañez, 2004).

Referencias Bibliográficas:

Becquer, G. A. (2001). Rimas y leyendas. Managua, Nicaragua: Fondo Editorial CIRA.

Borges, J. (1999). El Aleph. Madrid: Alianza. Recuperado de: https://www.cubahora.cu/uploads/documento/2019/03/04/jorge-luis-borges-el-aleph.pdf

Fernández, P. (2019). Todos los psicólogos sociales: recapitulación de cuatro o cinco décadas. Athenea Digital. Revista de pensamiento e investigación social, 19(1). doi:10.5565/rev/athenea.2444.

Ibáñez, T. (2004). El cómo y el por qué de la psicología social. En T. Ibáñez (coord.), Introducción a la psicología social (pp. 53-91). Barcelona: Editorial UOC.


      
           

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